La primera muralista mexicana

por: Sergio Calderón Alvarado

A lo largo de la historia de las nobles artes, el papel de la mujer como creadora ha estado relegado a un papel secundario; artistas talentosas de la talla de Camille Claudel, Artemisa Gentileschi, Hila af Klint, o en épocas más recientes Margaret Keane, quien inspiró la película “Big Eyes”; han contribuido a la historia del arte de forma tan contundente que merece cada una de ellas un capítulo propio, sin embargo, su quehacer artístico se ha visto eclipsado por un gremio histórica y culturalmente dominado por los hombres, señalando a estas siempre como musas, aprendices o parejas de quienes eran señalados como quienes planteaban la historia del arte.

En este sentido México no es la excepción, al margen del cuestionable impacto mediatico de Frida Kahlo como símbolo de peso en la presencia femenina de nuestro país; nombres como Diego Rivera, Juan O´Gorman, Saturnino Herrán o David Alfaro Siqueiros, imperan en el consciente colectivo y son reconocidos incluso por los menos versados en el tema. Por el contrario, figuras como la de Fanny Rabel, Lola Cueto, María Izquierdo o Rina Lazo, aún a pesar de la trascendencia que en su momento alcanzaron con su quehacer, muchas veces multidisciplinario, son en general nombres desconocidos para el grueso de la población de este país.

Quizá uno de los más grandes ejemplos de esta situación sea el movimiento muralista mexicano, que, entre los años 1920 y 1970, contaba con 260 autores reconocidos, de los cuales tan solo 33 eran mujeres, y aún a pesar de que la obra mural realizada por mujeres a lo largo del movimiento es vasta y muy variada, ninguna es tan reconocible hoy día como sus equivalentes masculinos. Existen dos razones principales para poder explicar esto, la primera es el protagonismo y peso de los tres grandes pintores, que son reconocidos como la cabeza del movimiento (Rivera, Siqueiros y Orozco) quienes influenciaron la estética y dirección de los autores subsecuentes; pero además, existí el prejuicio de que el carácter íntimo de la pintura femenina, no obedecía a los ideales o intereses de la pintura mural.

Pero, aún a pesar de esta narrativa, la obra de arte público hecho por mujeres a partir de la década de 1920 está llena de imágenes que reflejan los intereses y las preocupaciones de la sociedad de su momento, y para muestra, podemos blar de la que es considerada la primer muralista mexicana, Aurora Reyes. Nacida en Chihuahua, Aurora Reyes fue pintora, maestra, ensayista, poeta, y militante política que pugnaba por los derechos laborales de las mujeres, sus obras reflejan la busqueda de una vida digna y sobe todo, la equidad de género.

La obra con la que Aurora Reyes ganó el título de la primer murlist mexicana, es quizá también la que mejor habla de su devenir artístico, se trat de “Atentado  las maestras rurales” de 1936, luego de la revolución mexicana, cuando los maestros rurales empiezan la ardua labor de alfabetizar el país, la iglesia católica se opone a esto, considerando el progreso como contrario a sus ideales como institución; algunos maestros fueron linchados y a otros se les cortaba la lengua por cometer el delito de llevar educación a campesinos e indigenas. En el mural de Reyes se puede apreciar a dos hombres arrastrando a una maestra fuera del aula, uno de ellos la tira de los cabellos con una mano mientras que en la otra sostiene unos billetes, al tiempo que patea un libro de texto con su bota de trabajo, mientras que el otro sujeto golpea la boca de la profesora con la culata de su arma simbolizando el silencio por la fuerza, del cuello de este sujeto cuelga un escapulario, ícono marcadamente religioso. Pero al mismo tiempo al fondo se aprecian tres niños que presencian la escena, dos de ellos horrorizados mientras una niña trata de proteger a uno con un brazo y de dar tranquilidad a otro sosteniendo su hombro, a pesar del horror de la escena, los tres niños y su carácter prudente, habla de la esperanza en un mejor futuro, la idea de que, a pesar de las injusticias y la violencia, la semilla de la justicia social está siendo arraigada.

La razón por la que Aurora Reyes ha sido prácticamente borrada de la historia de México y todas sus facetas como activista son tema para otra ocasión, sin embargo, es una autora que se nutre fuertemente de la poética para retratar una realidad que, aún a pesar de los años, se siente de rabiosa actualidad, y que, en ese sentido, merece un lugar justo en el imaginario popular de nuestros días.