Por: Mónica Jiménez Raya
La ciudad autónoma de Melilla, bajo soberanía española, está situada en el norte de África, en la frontera con Marruecos. Bañada por el Mediterráneo, tiene una población de setenta mil habitantes, entre ellos judíos, musulmanes e hindúes, concentrados en doce kilómetros cuadrados y que, merced a la situación estratégica de este enclave, en el Rif, han conformado una interesante mezcla de culturas. Melilla tiene también su valla de la vergüenza, de nueve kilómetros, que separan la desesperanza, del futuro. José Alonso, portavoz de la Asociación Pro Derechos Humanos de Melilla lleva varias décadas trabajando con los miles de inmigrantes que cada día se juegan la vida en esta parte del mundo, aclaro en exclusiva para Sincronía Agencia de Publicidad e Información.
P-¿Cuál sería, para quien no la conozca, la fotografía actual de la valla?
R-Hasta 1973 no había alambrada. Sólo unas señales que identificaban el paso de territorio marroquí a suelo español. Tras varias epidemias de cólera en Marruecos se instala la primera alambrada, prácticamente simbólica. Será en 1996, tras la llegada de muchos inmigrantes subsaharianos, cuando se levante la actual valla, reforzada con otra doble valla hace unos años.
P-La ciudad es portada de informativos cada verano, con la llegada masiva de inmigrantes, pero, ¿cómo es su paisaje humano en invierno?
R-Hasta 2006 había una importante colonia subsahariana acampada permanentemente en los montes que rodean la ciudad, preparada para cruzar esa alambrada de seis metros de alto. El empeoramiento de la situación en Marruecos incrementó el intento de entradas y una noche incluso cayó la valla y hubo varios muertos. Por eso han pasado a la clandestinidad y se mueven para no ser descubiertos. Los subsaharianos que ahora llegan a Canarias en cayucos son los que antes intentaban cruzar la valla de Melilla.
P-Todos ellos se siguen jugando la vida en pleno siglo XXI por un futuro mejor.
R-Además de la valla, utilizan los pasos fronterizos e intentan pasar camuflados en coches, en el depósito de gasolina, o incluso en el motor. Hay gente que intenta cruzar a nado y muere ahogada, o que cae por los acantilados. Son jóvenes trabajadores que invierten todo, porque, con lo que ganan aquí limpiando o guardando coches, puede vivir toda la familia. Para ellos es un deshonor volver a su país sin nada. Si fracasan, no le queda ni familia. Prefieren vivir en un limbo legal hasta que los maten o los expulsen.
P-Y, para impedir su entrada, España y Marruecos han intensificado su colaboración. Su asociación pide que España rompa relaciones con el reino alauí.
R-En Marruecos funciona mucho la delación. Alrededor de la valla hay pueblos con gente muy hospitalaria, que antes ayudaban a los inmigrantes, pero que ahora están obligados a delatarlos bajo amenaza de cárcel. Además, la vigilancia policial es permanente durante todo el año. En el lado español hay más de 1.500 efectivos entre policía y Guardia Civil, además del ejército. Esa colaboración ha traído muchas muertes. Creemos, además, que no se puede colaborar con un país que no ratifica los convenios internacionales sobre Derechos Humanos.
P-Una vez cruzan la valla ilegalmente, ¿cuál es la situación del inmigrante en Melilla?
R-Mientras se tramita su orden de expulsión, o les permiten pasar a la Península, son trasladados al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes. Dependiendo del momento político, pueden salir con permiso de residencia o ser invitados a la ilegalidad. Gracias a la directiva europea de la vergüenza, pueden estar un tiempo indeterminado a la espera. Cuando la situación se desborda en el CETI, se abre la mano a la regularización. No hay datos fiables, porque no se les permite que se empadronen para no generar un vínculo.
P-Ustedes han denunciado algunos casos de abuso y violencia.
R-Son muchos los abusos que pueden sufrir, desde expulsiones, a muertes. También ha habido denuncias de malos tratos a menores, de palizas, encierros, en un centro gestionado por el ayuntamiento e incluso expulsiones clandestinas. A los menores acompañados que viven en el CETI no se les permite el acceso al sistema educativo normalizado. La administración pretende crear una escuela dentro del propio CETI, lo que impediría su integración social y algunos institutos favorecen también su exclusión al programar sus clases en horarios especiales y no por motivos de idioma.
P-Y, ¿cómo ha aceptado la población autóctona a sus nuevos vecinos?
R-Al principio hubo rechazo, pero, como, en general, son amables, vienen a trabajar y no a crear problemas, tienen contacto con los melillenses y hay gente que les ayuda.
P-¿Tiene esperanzas en que la situación mejore algún día?
R-Es muy difícil. Se trata de la frontera del mundo que presenta más diferencias económicas y sociales entre uno y otro lado. La renta per cápita y el modus vivendi de cada zona están muy alejadas. En Melilla hay mucho dinero, gracias a los Fondos Europeos, pero también al comercio, al dinero negro procedente del contrabando o el narcotráfico y Marruecos es tercermundista. Tendría que haber un equilibrio mucho mayor para que la gente no se sienta obligada a cruzar la valla y jugarse la vida.
