María Izquierdo se destacó por su estilo surrealista y expresionista relacionado con el mundo del circo

La Secretaría de Cultura del Gobierno de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), a través del Museo Nacional de Arte (Munal), recuerdan la obra de esta destacada artista mexicana.

Originaria de San Juan de los Lagos, Jalisco, María Cenobia Izquierdo Gutiérrez nació el 30 de octubre de 1902. Vivió su infancia rodeada de expresiones artísticas populares que marcarían su obra pictórica. A los 14 años, su madre convino casarla, pero el matrimonio no perduró. De este modo, la joven artista decidió trasladarse en 1923 a la Ciudad de México acompañada de sus hijos.

Durante la segunda década del siglo XX, la Escuela Nacional de Bellas Artes atravesó una auténtica revolución interna. En ese momento María Izquierdo ingresa a la academia para formarse como artista. Entre sus profesores tenía a Diego Rivera y Rufino Tamayo, quienes desempeñaron un papel importante en el desarrollo profesional de la artista a lo largo de varias décadas.

Luego de su primera exposición individual en 1929 como estudiante de la escuela,
Diego Rivera, director de la institución, fue de los primeros en defender su trabajo ante las críticas del resto de los muralistas que desdeñaban las obras de caballete.

Por su parte, Rufino Tamayo, además de maestro, se volvió el compañero sentimental de María. Entre 1929 y 1933 compartieron un estudio. Ella aprendió la técnica del gouache, incursionando en el surrealismo y el expresionismo. En su temática, revivió su gusto por el circo y con él, sus luces y colores, pero sobre todo los personajes.

En estos primeros años de vida académica es cuando Izquierdo lleva su muestra en solitario de la Galería de Arte Moderno de México al Art Center de Nueva York, bajo el título Paintings by María Izquierdo, convirtiéndose en la primera mujer mexicana en mostrar sus obras de forma individual en el extranjero.

Durante casi toda la década de los treinta, Izquierdo realizó series circenses, paisajes, alegorías, pero también un intenso trabajo de obras de desnudo femenino. Fue precisamente a las mujeres a quienes otorgó un espacio protagónico en sus obras. La pintora las llevó a todos los rincones, fuesen cotidianos, como el hogar; o de paso, como las carpas de circo.

Las obras de Izquierdo se caracterizaron por operar como un reflejo del estado anímico del retratado, así como por aislarlos en una especie de atmósfera íntima e ilusoria que los separa del resto del cuadro. La gran emotividad plasmada generó que literatos como Octavio Paz, Carlos Pellicer y Rafael Solana escribieran sobre su pintura.

En 1944 fue nombrada embajadora del arte mexicano por el presidente Manuel Ávila Camacho, y comisionada para representar una misión cultural por Sudamérica al impartir conferencias sobre arte mexicano y exponiendo sus obras en Chile, Perú, Colombia, Panamá y Guatemala. Durante este viaje escribió varias crónicas que se publicaron en el periódico Excélsior, incursionando así en la escritura.

Como crítica, evidenció problemáticas del círculo artístico de la época, denunciando la falta de espacios para exhibición y la hegemonía de los “tres grandes” del muralismo en los recursos públicos. 

María Izquierdo pintó hasta los últimos años de su vida. Falleció el 2 de diciembre de 1955, dejando incompleta su obra Caballitos. El Museo Nacional de Arte resguarda en su colección varias obras de la artista, entre las que destacan Retrato de María Asúnsolo, 1942; Mis sobrinas, 1940; y Alacena, 1952, donde reinterpreta las tradiciones mexicanas de fuertes contenidos simbólicos con su particular tratamiento de color y empleo de las formas.